Un análisis sobre el trágico destino de la joven chiapaneca en Provo y el papel
crucial de la prensa hispana para evitar que su nombre se convierta en una
estadística más.

Por Fernando Cornejo

El 25 de marzo de 2015, Elizabeth Elena Laguna Salgado llegó a Utah desde Chiapas, México. Tenía 26 años, era ingeniera industrial y había decidido viajar a Estados Unidos para estudiar inglés y ampliar sus oportunidades profesionales. Como tantos jóvenes latinoamericanos, veía en ese viaje una inversión en su futuro, una puerta abierta hacia nuevas oportunidades y la posibilidad de regresar algún día a su país con más herramientas para construir una vida mejor.

Se instaló en Provo, una ciudad profundamente marcada por la vida estudiantil. Allí compartía un apartamento con otros jóvenes, trabajaba en un restaurante y asistía a una escuela de inglés, una de tantas instituciones privadas que sostienen su modelo de negocio en estudiantes extranjeros con visas temporales.

Su rutina en Utah duró apenas 22 días.

El 16 de abril de 2015 salió de clases y emprendió la caminata de regreso a casa. Una cámara de seguridad registró sus últimos pasos antes de doblar una esquina. A la 1:30 de la tarde, una antena de telefonía detectó por última vez la señal de su celular. Desde entonces, Elizabeth desapareció sin dejar rastro.

Para su familia comenzó una angustia imposible de medir. Los mensajes cotidianos que enviaba a México se transformaron en pequeñas piezas de un rompecabezas doloroso: las únicas huellas de sus últimos días en Provo. Se supo que mantenía contacto con un tío residente en Salt Lake City, que llevaba una vida social limitada y que un joven vinculado a su trabajo la había invitado a salir en reiteradas ocasiones, invitaciones que ella rechazó.

Con el paso de las semanas, el caso comenzó a diluirse en la agenda mediática local. Las noticias dejaron de ocupar titulares y la investigación parecía avanzar lentamente entre incertidumbres y especulaciones. Mientras tanto, la familia de Elizabeth seguía esperando respuestas, sostenida apenas por la esperanza de encontrarla con vida.

En ese contexto, el programa radial “Lo que más importa”, conducido por el periodista Pablo Tellechea, asumió un papel que excedió el simple seguimiento informativo. Cuando gran parte de la atención pública empezaba a apagarse, el programa mantuvo el caso presente semana tras semana ante la comunidad hispana de Utah.

No lo hizo desde el golpe bajo ni desde el sensacionalismo fácil. Lo hizo desde el periodismo. Con entrevistas, análisis y un trabajo persistente que buscaba sostener viva la memoria de Elizabeth y acompañar el reclamo de su familia. Por los micrófonos del programa pasaron ex detectives, investigadores privados, especialistas en escenas criminales, sociólogos y personas vinculadas al entorno académico y laboral de la joven mexicana. Cada testimonio intentaba aportar contexto, abrir preguntas y evitar que el silencio terminara convirtiéndose en olvido.

La cobertura de “Lo que más importa” también permitió poner bajo la lupa algunas inconsistencias de la investigación inicial. En una entrevista emitida por el programa, el entonces jefe de policía de Provo, John King, sostuvo que no existían evidencias de secuestro, aunque calificó la desaparición como “sospechosa”. Incluso llegó a dirigirse públicamente a Elizabeth como si pudiera estar escuchando, sugiriéndole que regresara y asegurando que no habría consecuencias si se había marchado voluntariamente.

Aquellas declaraciones provocaron cuestionamientos porque parecían instalar la idea de una desaparición voluntaria, debilitando la percepción de urgencia alrededor del caso. Para muchos, la investigación nunca tuvo la intensidad que requería la desaparición de una joven extranjera, sola y sin redes cercanas en el país.

Mientras algunos medios abandonaban el seguimiento, el equipo de “Lo que más importa” continuó insistiendo. No porque tuviera respuestas definitivas, sino porque comprendía algo esencial: cuando desaparece la atención pública, también desaparece parte de la presión necesaria para que los casos sigan siendo investigados.

Tres años después, el 18 de mayo de 2018, un hombre que buscaba un lugar para acampar en Hobble Creek Canyon encontró restos humanos y dio aviso a las autoridades. Poco después, registros dentales confirmaron la peor noticia: se trataba de Elizabeth Laguna Salgado.

Los restos fueron hallados en una tumba poco profunda. A partir de entonces surgieron diversas hipótesis sobre lo ocurrido. Las circunstancias sugieren que Elizabeth probablemente conocía a quien la abordó aquel día. Investigadores y analistas consideran improbable que hubiera sido obligada a subir a un vehículo en plena tarde sin llamar la atención en una zona transitada. También se presume que la persona involucrada hablaba español, debido a mensajes enviados posteriormente a la familia desde el teléfono de la joven.

Otro elemento que llamó la atención fue la disposición del cuerpo. Según las descripciones difundidas tras el hallazgo, Elizabeth habría sido colocada boca arriba y con los brazos cruzados sobre el pecho, una postura que algunos especialistas forenses denominan “posición de sueño”. Aunque no constituye una prueba concluyente, ciertos investigadores interpretan este gesto como un posible indicio de vínculo emocional o sentimiento de culpa por parte del agresor.

Hoy, más de una década después de su desaparición, el crimen sigue sin resolverse. No hay arrestos ni acusaciones formales. Y detrás de esa ausencia de justicia permanece una familia marcada para siempre por la incertidumbre y el dolor.

La historia de Elizabeth también expone una realidad incómoda: muchos casos de personas desaparecidas sobreviven únicamente gracias a la persistencia de familiares, comunidades y periodistas que se niegan a dejarlos caer en el olvido.

“Lo que más importa” no resolvió el caso. Pero entendió algo que a veces el periodismo moderno parece olvidar: detrás de cada expediente hay una vida truncada, una madre esperando respuestas y una historia que merece seguir siendo contada. En tiempos donde la atención pública dura apenas unos días, el programa eligió permanecer. Y en esa permanencia hubo también una forma de humanidad.

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