Criar sin equidad

May 19, 2026

Por qué el silencio comunitario es complicidad

Por Pablo Tellechea

El milenario proverbio africano que reza “se necesita una aldea para criar a un niño” suele citarse con una mezcla de nostalgia y romanticismo. Nos evoca la imagen ideal de una comunidad unida, un tejido social donde los vecinos, los maestros y los líderes asumen una corresponsabilidad sagrada: proteger y guiar alas nuevas generaciones. Sin embargo, la salud de una aldea no se mide en tiempos de bonanza, sino en los momentos de mayor asedio. Y hoy, en diversas sociedades donde Estados Unidos no es la excepción, nuestra aldea está bajo fuego, amenazada no solo desde fuera, sino por un enemigo interno mucho más sutil y devastador: la apatía.

Tuve la oportunidad de reflexionar sobre esto recientemente durante la gala de entrega de becas de la Somos Foundation. Frente a un auditorio lleno de jóvenes brillantes, de familias que han sacrificado todo por el futuro de sus hijos y de líderes comunitarios, el ambiente de celebración obligaba también a una mirada profunda hacia el panorama que nos rodea. Esos jóvenes que recibían sus becas son el fruto maduro de nuestra aldea. Pero, ¿qué tipo de entorno les estamos dejando para que caminen el día de mañana?

Es imposible hablar del desarrollo de nuestras minorías sin señalar el clima de persecución sistemática que se ha instalado desde las más altas esferas del poder. La administración de Donald Trump ha intensificado una estrategia de acorralamiento institucional que ya no se limita a la retórica divisiva; hoy se traduce en hechos concretos y demoledores. La prueba más clara y peligrosa de esta ofensiva es la eliminación a nivel federal, en todas las escuelas e instituciones educativas, de los programas de Inclusión, Equidad y Diversidad (DEI).

Al desmantelar estas herramientas, el gobierno no solo borra políticas de papel; está desprotegiendo activamente a los estudiantes de comunidades vulnerables, cerrando los espacios de representación y mutilando los mecanismos que garantizaban un piso mínimo de igualdad de oportunidades. Es un intento deliberado de asfixiar el avance de las minorías desde la raíz: la educación.

Aquí es donde opera la trampa ideológica más perversa de nuestro tiempo: la manipulación romántica de la meritocracia.

Detrás de la eliminación de los programas sociales y de equidad, los sectores más conservadores suelen predicar un discurso edulcorado que asegura que "el esfuerzo individual es el único motor del éxito";. Nos dicen, con un cinismo feroz, que las ayudas institucionales y las cuotas de diversidad "contaminan"; la competencia justa. Pero predicar meritocracia después de haber dinamitado los puentes de acceso no es justicia; es una falacia cruel.

La teoría de la meritocracia, despojada de un suelo parejo, se convierte en un arma de opresión. Se utiliza para justificar la desigualdad, convenciéndonos de que quienes se quedan rezagados lo hacen por falta de talento o de ganas, y no porque el sistema les quitó los zapatos antes de obligarlos a correr la carrera. Es el relato perfecto para que el opresor se lave las manos: primero acorralan a las minorías quitándoles el apoyo estatal, y luego les exigen que triunfen por sus propios medios para demostrar "su valor".

Ante este escenario de desmantelamiento de derechos y cinismo retórico, las palabras de Martin Luther King Jr. cobran una vigencia estremecedora. El líder de los derechos civiles advertía: “Al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos, sino el silencio de nuestros amigos”. En otra de sus reflexiones más punzantes, desde la celda de una prisión en Birmingham, añadía que la historia tendrá que arrepentirse “no tanto por las malas acciones de la gente perversa, sino por el pasmoso silencio de la gente buena”.

Ahí radica el núcleo de la crisis actual. El ataque de la administración Trump contra los espacios de diversidad en las aulas es directo y predecible. Lo que verdaderamente desarma y debilita a la comunidad es la neutralidad de los que prefieren no incomodarse, o aquellos que compran el mito meritocrático para justificar su inacción. Cuando la "gente buena" decide callar para proteger su propia zona de confort mientras borran la identidad y los derechos de nuestros hijos en las escuelas, el pacto social de la aldea se quiebra.

Una aldea que calla mientras despojan a sus jóvenes de sus herramientas de equidad no es una comunidad; es un conjunto de espectadores aislados. No podemos aplaudir el éxito de nuestros estudiantes en una noche de gala, asumiendo falsamente que el sistema premia a los mejores, y al día siguiente bajar la mirada cuando el sistema educativo federal les da la espalda de forma sistemática. El silencio ante el retroceso de los derechos civiles es, por definición, una forma de complicidad.

Cuidar y defender a la aldea exige romper el letargo y desmantelar sus mitos. Frente al acorralamiento institucional y la falsa narrativa del mérito sin oportunidades, la respuesta no puede ser el repliegue individualista ni el miedo paralizante. El proverbio africano nos recuerda el poder de la colectividad, pero King nos alerta sobre el peligro de abandonar ese deber moral. Si se necesita una aldea para criar a un niño, se necesita una aldea despierta, activa y valiente para defender su derecho a un futuro equitativo. La resistencia empieza cuando decidimos que el silencio ya no es una opción.

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