Los aranceles de EE. UU. no frenaron a China; la impulsaron a internacionalizar su producción y convertirse en la «fábrica de las fábricas» globales.

Por Ernesto Tovar, Periodista y empresario de comercio internacional

Durante años, Estados Unidos ha intentado contener el crecimiento industrial de China mediante aranceles, restricciones comerciales, impuestos y diferentes medidas destinadas, supuestamente, a reducir la dependencia de la manufactura china. Sin embargo, después de observar lo que está ocurriendo, mi opinión es que el resultado está siendo exactamente el contrario: China no se ha debilitado industrialmente; está expandiendo su industria por el mundo.

Y existe una contradicción que muchas veces olvidamos. Mientras Washington libra una guerra comercial contra China, una parte importante de las grandes marcas y empresas estadounidenses continúa fabricando allí o dependiendo de componentes y cadenas de suministro chinas. Décadas de globalización construyeron una integración industrial que difícilmente puede desmontarse simplemente aumentando aranceles.

China parece haber entendido perfectamente el nuevo escenario y se está adaptando. Durante décadas hablamos de China como “la fábrica del mundo”. Hoy estamos comenzando a verla convertirse en algo todavía más importante: la fábrica de las fábricas.

Ante las barreras para exportar directamente determinados productos a Estados Unidos, la industria china comenzó a internacionalizarse. Ya no se trata solamente de exportar un producto terminado. China exporta maquinaria, líneas de producción, componentes, tecnología, conocimiento industrial y, sobre todo, capacidad para fabricar.

Empresas chinas están instalando o participando en fábricas en Vietnam, Camboya, Indonesia y otros países del sudeste asiático. El fenómeno también comienza a observarse en África, Europa y Latinoamérica. México es probablemente uno de los ejemplos más visibles en nuestra región, pero también vemos movimientos industriales en Brasil, Argentina e incluso Colombia, donde empiezan a aparecer inversiones y ensamblajes relacionados con motocicletas y otros sectores.

Esto produce lo que considero un verdadero efecto boomerang. Se buscaba contener a China y, en cambio, se está ayudando indirectamente a internacionalizar su capacidad industrial. Antes China necesitaba fabricar dentro de sus fronteras para conquistar los mercados mundiales. Ahora está aprendiendo a fabricar desde diferentes países.

Hay además otro aspecto que considero fundamental. Los aranceles estadounidenses no son un cheque que una fábrica china entrega al gobierno de Estados Unidos. En términos generales, quien paga el arancel al ingresar la mercancía es el importador estadounidense. Ese costo posteriormente puede trasladarse al distribuidor, al comercio y finalmente al consumidor.

Es decir, mientras se pretende castigar a China, también se encarece la operación de las propias empresas estadounidenses que continúan necesitando productos, componentes o materias primas provenientes de allí.

Por eso considero que el problema nunca se resolverá únicamente colocando más tarifas. Si Estados Unidos realmente quiere reducir su dependencia industrial de China, necesita algo mucho más complejo: crear las condiciones para volver a fabricar competitivamente dentro de Estados Unidos, incentivar inversión productiva, desarrollar proveedores locales, formar mano de obra especializada y reconstruir cadenas industriales que durante décadas fueron trasladadas al exterior.

Porque mientras Estados Unidos intenta detener productos en sus fronteras, China está haciendo algo diferente: está llevando sus fábricas más allá de las suyas.

Y esa puede terminar siendo la gran paradoja de esta guerra comercial: intentando frenar a la fábrica del mundo, contribuimos a que China se convierta en la fábrica de fábricas del mundo.