El eco del trauma

Jul 20, 2026

Después de un evento devastador, el impacto emocional puede persistir y transformarse en
Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT). En esta segunda entrega, analizamos cómo los
recuerdos intrusivos y el agotador esfuerzo por evitar el dolor alteran la vida diaria, y por qué
identificar estas señales es el primer paso fundamental hacia la sanación.

Por Maria Consuelo Cala, Psicologa

Continuando la serie sobre el Trastorno por Estrés Post traumático (TEPT), recordemos que esta condición de salud mental puede desarrollarse después de vivir, presenciar o enterarse de que una persona cercana experimentó una situación intensamente estresante o aterradora. La mayoría de personas suele adaptarse y sobrellevar la situación con el paso del tiempo. Sin embargo, cuando los síntomas persisten o empeoran y afectan la capacidad de desenvolverse en la vida diaria -escuela, trabajo, familia o relaciones personales-, es posible se haya desarrollado el Trastorno por Estrés Postraumático.

Aunque los síntomas suelen presentarse durante el primer mes de la experiencia traumática,algunas personas desarrollarlo después de tres meses o incluso a años más tarde. En esta ocasión hablaremos de dos de los cuatro grupos de síntomas principales:

Recuerdos intrusivos (revivir el suceso): ocurren cuando determinadas situaciones o pequeños detalles asociados con el trauma desencadenan memorias intensas del evento. Estos estímulos pueden ser olores, ruidos, sabores, imágenes o sensaciones táctiles relacionadas al trauma. Como resultado pueden aparecer recuerdos angustiosos recurrentes, pesadillas, o sensación de estar reviviendo el trauma. Por ejemplo, una persona que sufrió un accidente de auto puede experimentar una reacción intense el escuchar que un vehículo frena, conducir a la misma hora del accidente o hacerlo bajo las condiciones climáticas similares.

En ocasiones estos desencadenantes son inconscientes, por lo cual la persona no identifica qué provocó el recuerdo. Aun así, su cuerpo y sus emociones reaccionan como si el peligro estuviera pasando nuevamente. Esto puede ocurrir en sobrevivientes de abuso sexual, ataque físicos, experiencias de guerra o desplazamientos forzado, incluso cuando se encuentran con personas distintas a quienes causaron el daño o en lugares completamente diferentes al del evento traumático.

Evitación: consiste en los esfuerzos que hacemos por evitar o alejarnos de pensamientos, sentimientos, lugares, personas u objetos que nos recuerden el evento traumático. Es natural querer evitar aquello que nos produce miedo, dolor o angustia. Por lo tanto, muchas personas invierten gran parte de su energía diaria en evitar estos estímulos. Algunas buscan mantenerse constantemente ocupados para “no pensar”, trabajan en exceso, duermen gran parte del día o se convencen de que “están bien” cuando, en realidad, necesitan ayuda.

También pueden intentar mantener el ánimo toda costa o recurrir al consume de alcohol, o las drogas ilícitas, o medicamentos sin supervisión médica adecuada como una forma de escapar temporalmente del sufrimiento. Aunque estas sustancias pueden producir un alivio momentáneo, a largo plazo suelen intensificar el dolor emocional y aumentar los síntomas de ansiedad y depresión producidos por el trauma.

Vivir entre los recuerdos intrusivos y el esfuerzo constante por evitarlos resulta profundamente agotador. Es una lucha diaria entre regresar al pasado en cuestión de segundos y hacer un enorme esfuerzo físico y emocional para no recordarlo. Este desgastante suele generar frustración, vulnerabilidad y la sensación de que la vida gira alrededor del trauma y del miedo a que vuelva a suceder. Poco a poco nuestra presente comienza a desvanecerse.

Reconocer que necesitamos ayuda es un acto de valentía, no de debilidad. Un profesional de la salud mental puede acompañarnos en el proceso de recuperación. Sí hay salida. Recuerde que pedir ayuda es el primer paso para recuperar su bienestar.