Cuando el privilegio de unos pocos se antepone a la supervivencia colectiva, recuperar la solidaridad y la empatía se convierte en la única vía para que la humanidad cumpla su verdadero propósito

Por Fernando Cornejo Suarez

Resulta difícil hablar de humanismo sin entrar en el laberinto que se ha construido sobre el concepto, y requeriría largas discusiones entenderlo y explicarlo.

Para los propósitos de esta reflexión que comparto, tomaré el término en su sentido amplio, y aun coloquial; que lo identifica como “valorar al ser humano y la condición humana, en estrecha relación con la generosidad, la compasión y la preocupación por la valoración de los atributos y las relaciones humanas.”

Por más que el concepto de humanismo ha sido planteado, analizado, y propuesto a través de siglos, la realidad indica que el mismo se debe re valorar permanentemente, y se lo debe predicar en forma constante en un mundo que tiende a moldear al hombre para que desarrolle y dé prioridad a su individualidad, en lugar de verse a sí mismo como parte de un conjunto, miembro de una amplia y diversa raza humana.

Hay una necesidad colectiva, un objetivo común de considerar la existencia como una entidad que debe llevar al hombre hacia un destino superior. Sea que se considere ese destino dentro de un marco filosófico, religioso, sociológico, o histórico. O que se acepte a consciencia que tal vez haya un destino que hasta ahora es desconocido.

En esta lucha por lograr difundir un pensamiento humanista nos enfrentamos al ya citado individualismo, donde se privilegia la gratificación inmediata de unos pocos, por sobre el bien común duradero de la mayoría. Así, por ejemplo, se ignora o se niega el cambio climático para evitar invertir en recursos energéticos alternativos. A ese individualismo no le importa la destrucción indiscriminada delos bosques o el despilfarro del agua potable, tan solo porque significa resignar parte de beneficios a corto plazo. No le importa la educación como un bien común, porque así se asegura continuidad en el ejercicio del poder proveniente de la instrucción académica. No le importa que haya millones de habitantes de este mundo víctimas del analfabetismo. No le importa la salud como un bien común, porque atenta contra la utilización de la atención médica como bien de consumo.

Curar estos males, que no son sino algunos de los muchos que sufre la humanidad, requiere resignar unos pocos de los muchos privilegios que algunos tienen. Hace falta que la solidaridad y el altruismo prevalezcan ante la mezquindad. Es indispensable que las potencias corporativas y los estados comprendan que se debe desacelerar la maquinaria que sigue produciendo riquezas para pocos a expensas de carencias para muchos.

Tal vez muchos de estos poderes jamás cambiarán sus objetivos ni se volcarán hacia una sociedad más equitativa y solidaria. Solo aspiro a que la militancia por la vida y por el futuro, en la que está empeñada una gran parte de la humanidad, sea suficiente para que nuestra especie cumpla, al menos en forma parcial, con su razón de existir dentro del universo.

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