Alas y Raíces

Jun 2, 2026

Emigrar no es romper el hilo, es estirarlo tanto como sea necesario para descubrir
que el mundo es enorme. Nos crecen alas para volar alto y buscar horizontes
nuevos, pero el viento que nos sostiene siempre tiene el aroma del barrio que nos
vio nacer

Por Pablo Tellechea

Acabo de llegar de un viaje que lo soñé por muchos años. Lo imaginé y lo planeé mil veces. Hoy que ya volví a caminar otra vez por las mismas calles de mi ciudad de Minas, tengo un profundo agradecimiento por las raíces que esta hermosa ciudad me regaló en la niñez y adolescencia. Volver a encontrarme con mis viejos amigos, con Mauricio, los trillizos, Alejandra, con Heber "Peca"; Romero y Luis "Cacho"; Pastorino (mis técnicos de basketball y fútbol que tanto me inculcaron y que hoy soy parte de esas enseñanzas), fue una caricia al alma.

Es la ciudad y el barrio que me vio nacer y me regaló sus encantos, la que me dio la adolescencia, las frutas robadas de los árboles, la cañada que cruzaba el barrio y que servía de tardes eternas de conversaciones de la vida. Con sus cangrejos y sus mojarras nos metíamos descalzos y arrastrando por la orilla una camisa vieja cuando al grito de ¡¡AHORAAA!! levantábamos y ahí, como en botica, salía de todo; nos volvimos expertos recicladores de pescados. Alguien siempre se traía dela casa algún encendedor a escondidas, un fuego con las chilcas, un poco de sal(con mucha suerte) y freíamos en una caldera vieja los tesoros que sacábamos…una vez hasta patas de rana fue el platillo del día.

Ahí estábamos con los trillizos Villalba (que si la pelea empezaba con uno, siempre terminabas boxeando con los tres). Los Ferreira, familia humilde y trabajadora, con Sergio, que en paz descanse, porque “la parca” se lo llevó temprano, yo qué sé, cosas de la vida, ahora le llaman depresión, pero en esa época nadie sabía nada, un día nos pagó con una carta de despedida y nos dejó con su ausencia. También recuerdo los partidos de fútbol al costado del ombú, los relatos personales de los goles, jugando a ser los Enzo Francescoli, los Ruben Paz, los Alzamendi, los Hugo de León. Jugábamos los clásicos Peñarol-Nacional y hasta la noche definíamos el partido. No había necesidad de comer, nos olvidábamos de los programas de TV, ¿para qué lo necesitábamos si nosotros mismos hacíamos el show? No había agenda de visitarnos, golpeábamos la puerta del amigo a cualquier hora con la pregunta mágica: ¿JUGAMOS?

Las tapitas de las botellas de cerveza y Coca-Cola las pintábamos por dentro con biromes y del color de los equipos grandes del mundo. Jugábamos al fútbol con ellas y la pelota era un botón de algún saco viejo. ¿La cancha? La cancha era el piso monolítico lustrado del zaguán de Sergio, es que el padre era bancario, tenía un buen sueldo y solo así podías poner un piso de tal magnitud en tu casa. Hasta la medianoche le dábamos a la chapita. Nuestros padres de vez en cuando se asomaban a la esquina y solo miraban, dos por tres un grito para verificar si uno estaba vivo. Casi nadie tenía teléfono, era un lujo, y como las emergencias no eran propias del barrio, nunca pasaba nada que alarmara la convivencia.

El lechero Walter con sus dos hijas que tenían a todos los varones locos de amor imaginario. Pobre Walter, cómo habrá sufrido con nosotros. Carlos el panadero, todas las tardes a la misma hora volvía de su trabajo caminando con una bolsa de pan y bizcochos. Solo yo sabía su horario y por eso era mi cita infaltable esperándolo sentado en el cordón de la vereda; me daba a elegir, solo uno, pero era un manjar. Luego, ya grande, de di cuenta de que también él tenía sus hijos de mi misma edad, pero nunca me dijo un NO cuando escogía el de dulce de leche. Y el club del barrio, el viejo club Zamora, tardes enteras jugando al futbolito, al billar. A la pobre mesa de billar le conocíamos hasta las bajadas y las torcidas del paño; nunca hubo plata para arreglarla, tal vez si así pasaba perderíamos la hegemonía del buen juego, éramos unos campeones. Era una época en la que la calle enseñaba, era una época en la que el televisor a color estaba en la vidriera del club. Las bocas de tormenta se me quedaron con muchas pelotas de fútbol, pero aun así, seguíamos hasta con la de trapo.

Cada uno de los amigos teníamos nuestra propia manera de ganar el peso para el fin de semana. Con el taller de autos de mi padre y mi hermano mayor aprendí a trabajar y a amar a los fierros. Barría los retazos de hojalata y los vendía al kilo. Puerta por puerta y con carro de mano, pedía botellas de vidrio y bollones de salsa de tomates (esos eran los más caros). Hacía mi propio negocio: recolectaba papel de periódico viejo, los ataba en fardos y me iba a la panadería del barrio para venderlos al kilo; el horno a leña se los chupaba en segundos.

¡Qué época!, y ¡qué deuda con ella! Hoy, vaya a saber por qué, la recuerdo y agradecimiento es lo que siento en el corazón.

Ahora viviendo el mañana que en ese momento soñábamos, algunos son profesores, otros doctores, otros panaderos, otros padres y esposos. Algunos nos hemos ido, otros quedaron y gozan del privilegio de caminar a diario quizá por la cañada, por el club, de ver la cancha de monolítico lustrado, y por qué no, de gritar ¡AHORAAA! y levantar la vieja camisa.

Todos tuvimos un nido, todos incubamos nuestra infancia en el mejor barrio, pero a todos también nos crecieron las alas. El nido de ayer quizá hoy no puede ayudar mucho, ya no hay un Carlos para regalarme un bizcocho, ya no está Sergio para jugar al fútbol. Hoy es hoy. Hoy en la mañana fue el momento en que necesitamos espacio para extender las alas y volar alto, tan alto que nos permita ver que la vida es hermosa, que a la vida hay que vivirla y que de las etapas se aprende. Aún viven en la memoria los Villalba, los Gonzalos, los Sergios, los Mauricios y los Nazarenos, las mojarras y los cangrejos. Aún sigo, en mi corazón y mente, siendo un Enzo Francescoli, un pescador de pacotilla, un vendedor de papel viejo, un golpeador de puertas para tener el sustento.

En otro escenario de la vida y ya con mi propia familia, en otra patria que me abrazó y me dio tierra nueva a más raíces, puedo ver que el sentir no ha cambiado: mantener la sencillez de la vida y entender la enseñanza de que la felicidad no depende de con qué se engancha el pez, más bien se trata de entender que con poca sal y con una caldera vieja puedes tener el mejor platillo de tu vida.

Pablo Tellechea es de Minas, Uruguay, y vivió su infancia en el Barrio Zamora. Vive en EE. UU. hace más de dos décadas. Con su esposa Giovanna son padres de 6 hijos. Pablo es periodista y productor de documentales, premiado a nivel nacional por su documental “Jornalero… una mirada al frente”, conduce su propio programa periodístico en la radio pública bilingüe del estado de Utah y es analista político para la cadena de radio pública de EE. UU.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *