¿Cuándo fue la última vez que entablaste una conversación sin pensar en cómo ganarla? Fernando Cornejo Suárez explora en este texto una de las trampas más comunes y desgastantes de nuestra época: la adicción a imponer posturas a costa de la empatía, el afecto y la propia capacidad de evolucionar.

Por Fernando Cornejo Suarez
Vivimos en una época en la que discutir parece haberse convertido en un deporte de competición. Para muchas personas, el objetivo de una conversación ya no es comprender un punto de vista diferente, intercambiar ideas o acercarse a una verdad compartida. Lo importante es ganar. Y cuando el único objetivo es imponerse, el diálogo deja de existir.

Es fácil reconocer este comportamiento. Mientras una persona habla, la otra no está escuchando realmente. No intenta comprender el argumento ni evaluar si contiene algo valioso. Estás simplemente esperando su turno para responder. Cada palabra del interlocutor es interpretada como un obstáculo que debe ser demolido, no como una oportunidad para aprender. La conversación deja de ser un puente y se transforma en un campo de batalla.

Este hábito termina moldeando una personalidad tóxica. El discutidor compulsivo no siente satisfacción cuando ambos llegan a una conclusión razonable o cuando descubre que estaba equivocado. Por el contrario, experimenta una necesidad constante de demostrar superioridad. La meta no es la verdad, sino la victoria. En los casos más extremos, ni siquiera basta con refutar un argumento: también hay que ridiculizar al otro, exhibir sus errores y convertir el intercambio en una humillación pública.

Paradójicamente, este comportamiento suele producir el efecto contrario al que busca. Quien necesita ganar todas las discusiones termina perdiendo algo mucho más valioso: la confianza y el afecto de quienes lo rodean. Amigos, familiares y compañeros de trabajo aprenden que cualquier conversación puede convertirse en un enfrentamiento agotador. Poco a poco dejan de expresar sus opiniones, evitan ciertos temas o simplemente se distancian. Nadie disfruta conversar con alguien que convierte cada diferencia en una competencia.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno de manera extraordinaria. Plataformas diseñadas para captar nuestra atención premian las respuestas rápidas, ingeniosas y contundentes. Un comentario sarcástico suele recibir más reacciones que una explicación equilibrada. En ese entorno, muchas personas no escriben para dialogar con quien piensa distinto, sino para obtenerla aprobación de su propia audiencia. La discusión se convierte en un espectáculo, y el adversario deja de ser una persona para convertirse en un blanco.

El problema es que esta dinámica también modifica nuestra forma de pensar. Cuando nos acostumbramos a responder antes de escuchar, dejamos de cuestionar nuestras propias ideas. Si creemos que admitir un error equivale a perder, entonces renunciamos a una de las herramientas más importantes para crecer: la capacidad de cambiar de opinión frente a buenos argumentos. Discutir no debería ser una guerra de egos. Un buen debate es aquel en el que ambas partes salen con una comprensión más profunda del tema, incluso si mantienen posiciones diferentes. Escuchar con atención no implica rendirse, del mismo modo que reconocer un buen argumento ajeno no significa debilidad. Al contrario, requiere seguridad, inteligencia y madurez.

Quizá el verdadero triunfo en una discusión no sea derrotar al otro, sino salir de ella siendo un poco más sabio que cuando comenzó. Porque las mejores conversaciones no dejan vencedores y vencidos; dejan personas que entienden mejor el mundo y, sobre todo, que se entienden mejor entre sí.