por Mauricio Almada

Acorralado por la censura, por los medios de comunicación empobrecidos, por los algoritmos y por la inteligencia artificial, el periodismo se debate entre la vida, la transformación y la muerte.

El índice de libertad de expresión en el mundo nunca fue tan bajo como en 2026, según se desprende del último informe de Reporteros Sin Fronteras, que empezó esta medición hace 25 años.

La democracia pierde lugar en el mundo, más proclive a gobiernos autoritarios, y en ellos, no florece el periodismo.
Los periodistas que investigan son crecientemente perseguidos, muchas veces asesinados. En las zonas de guerras y conflictos son un blanco elegido.

La actividad periodística se criminaliza en buena parte del planeta y solo unos pocos países se consideran libres. Las compañías y plataformas globales se erigieron en los nuevos censores universales.

Como los medios se debilitan económicamente son cada vez más propensos a dejarse presionar por el poder económico y político. Esto lleva a que los medios tiendan a no respaldar a sus periodistas cuando los mismos incomodan al poder de turno. Censura y autocensura. Lo peor.

La producción periodística genuina convive en el fango de las redes sociales con noticias falsas, con presuntas noticias, con formatos camuflados de periodismo.Todo entreverado. La biblia y el calefón.

¿Y el público? ¿Los ciudadanos?

 Navegan en las redes sociales donde los algoritmos los conducen a contenidos afines a su forma de pensar, lo cual termina reduciendo la calidad del debate ciudadano.

Por su parte, los medios de comunicación, reducidos en las aguas putrefactas de las redes, van acomodando sus productos a los formatos que las mismas determinan. Los títulos de las noticias no informan, sino que actúan solamente como gancho para ingresar a leerlas, para lograr el ansiado “click” que marcará el éxito o el fracaso de la publicación.

El uso de inteligencia artificial para la elaboración de textos rompe las estructuras del periodismo clásico. Los textos que empezaban describiendo un hecho con un copete, respondiendo las preguntas de qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué, han dejado paso a textos largos, repetitivos, que antes de señalar lo que pasó, reseñan todo lo que no pasó.

La figura de la pirámide invertida, con lo más importante de la información al comienzo, desaparece, dejando lugar a textos muchas veces incomprensibles.

Se dirá que la inteligencia artificial sirve a los periodistas con el trabajo de datos, facilitando la investigación. Se dirá también que la IA es el mejor ayudante de los periodistas porque puede facilitarle muchas tareas y dejarle tiempo a la actividad que no sea mecánica o repetitiva. Es cierto. Pero ese no es el peligro, sino el uso que hacen los medios de la capacidad generativa de contenidos que tiene la IA. Ahí es cuando empieza a desplazar al periodista y donde se pierden las referencias.

Censura, persecución, leyes que criminalizan la actividad periodística, algoritmos y pérdida de confianza del público, arman un cóctel nefasto que apunta directamente contra la libertad y contra el corazón de la democracia.

El periodismo está acorralado, la libertad está acorralada.